
Detrás de cada persiana que se baja y de cada telegrama de despido, hay una planilla de Excel que explica el fenómeno: hoy en Argentina, producir es un estorbo y vender lo importado es una mina de oro. El último informe del Instituto de Pensamiento y Políticas Públicas (IPyPP) pone el foco en la rentabilidad extraordinaria que están obteniendo las grandes empresas al reemplazar operarios locales por fletes que llegan de China o Brasil.
El estudio de los economistas Gustavo García Zanotti y Martín Schorr revela que el cierre de fábricas no responde a una crisis de ventas, sino a una maximización de márgenes sin precedentes. Al importar productos terminados con costos bajísimos y venderlos a precios de mercado interno, las empresas capturan una renta que, en algunos casos, multiplica por ocho el valor de origen.
El «Efecto Termo»: costo chino, precio argentino
El caso de Lumilagro es el ejemplo más obsceno de esta brecha de ganancias. Tras cerrar su planta y despedir a 170 personas, la firma pasó a importar unidades desde China.
Costo de importación: $8.178 por termo.
Precio de venta al público: $44.000.
La ganancia: El precio final es 5,3 veces superior al costo de entrada. La empresa dejó de lidiar con salarios y procesos industriales locales para quedarse con una diferencia bruta que antes se repartía en la cadena productiva.
Cacerolas y zapatillas: márgenes del 600%
El informe detalla que la «remarcación» sobre el costo de importación roza lo inverosímil en sectores de consumo masivo:
Essen: El margen de ganancia es el más alto del relevamiento. Una cacerola que entra al país por $50.000 se ofrece a $384.000. Una ganancia bruta del 668%.
Adidas: Trae zapatillas casuales a un costo de $26.790 y las coloca en los estantes a $100.000. Casi cuatro veces su valor de origen, tras haber desvinculado a 360 empleados.
Mondelez: En el rubro alimenticio, una galletita Club Social se importa a $521 y llega al consumidor a $2.164, más de un 300% de margen.
La paradoja de la competitividad
La justificación empresarial suele rondar la «falta de competitividad» del costo laboral argentino. Sin embargo, los datos de exportación del IPyPP desmienten la urgencia del cierre: Lumilagro exportó en 2025 termos a EE.UU. a un valor FOB de u$s11, mientras que ese mismo producto se le cobra al consumidor argentino u$s31.
Esto demuestra que las empresas no solo buscan «sobrevivir» a la apertura económica, sino aprovechar la apreciación cambiaria para importar barato y no trasladar esa baja de costos al mostrador. El resultado es un modelo donde el consumidor argentino paga precios de primer mundo por productos de bajo costo, mientras el entramado laboral se desintegra para engrosar el margen neto de las casas matrices.








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